UNA SONRISA TRAS LA TAPIA

Escrito por eivlys 05-05-2010 en General. Comentarios (2)

 

 

UNA SONRISA TRAS LA TAPIA

 

 

Como quizás lo sepáis, los que visitáis mi blog, hace algunos meses una amiga me envió 3 ángeles a casa, ángeles que me tocó mandar a la semana siguiente a otras personas. Los que se presentaron por mi puerta fueron ARTURO, por el Rey Arturo de la mesa redonda demostrando la fuerza de voluntad que debía tener para seguir en el camino correcto, DAMIAN, por el padre Damian, sacerdote belga que estuvo en Hawaï ayudando a los leprosos, y finalmente JONÁS, por lo de la Ballena.

 

Hace cosa de dos semanas, trabajándome el símbolo de las "ARENAS" del desierto, me visualicé en una cueva en la que entraba a ver a unos leprosos y a los que yo atendía con mucho amor. Sabía que tenía que ver con mi segundo ángel o guía del momento y sospechaba que me estaba invitando a amar al leproso.

 

¿Pero quién es el leproso?


 

Hoy a través de "SOMOSUNO" Caty nos mandó esta bonita historia y entendí con mucha fuerza lo que DAMIAN me quería transmitir. Me han decepcionado muchas personas, mucha gente, pero sobre todo me dolió más cuando la desilusión venía de las personas que más amaba o de las que yo equivocadamente esperaba muchísimo más de lo que podían darme. Solamente ahora después de reconocer y sentir mis propios fracasos, de ver como yo me he desepcionado a mi misma, esperando alcanzar unas exigencias, unas ilusiones poco más que de momento fantasiosas y en algunos casos irreales, empiezo a dejar de esperar la perfección ajena y mía. Es algo que entiendo muy bien, pero hoy, a pesar de lo que sé, todavía me cuesta practicar la tolerancia, sentirla en lo más hondo de mi corazón y cuando alguien hace algo que no me gusta, es torpe o intenta hacerme daño a conciencia o no, todavía siento algún desprecio interior, algún rechazo, cierto sentimiento de asco por su torpeza o necedad juvenil como díría el I-Ching. Sé en realidad que ningun daño infligido va en dirección de la persona que lo recibe, sino que se trata de una llamada de atención por parte de alguien desesperado, lastimado por dentro. También sé que la persona que siente enojo hacia mí, en realidad es el reflejo de mi propio interior, es mi espejo en el que puedo escudriñar mi propia personalidad, es la lente que me hace reflejar, aflorar unos sentimientos u emociones en desequilibrio. Esta persona en realidad es un regalo divino ya que me brinda la ocasión de cambiar.

 

Desde hace meses practico más el ho'oponopono (filosofía Hawaïana, igual que el país de adopción de nuestro buen padre damian) e intento abrirme con cariño hacia las personas más desagradables, con más ego, o las que intentan fastidiarme el día. No es que les ría las gracias, pero intento ver en ellos al LEPROSO, a la persona dolorida que ellos son incapaces de ver en sí mismos. Al tratar con amor al leproso, al pestoso, al sucio, al ingréido... trato con amor a estas partes que todavía hay en mí y me molestan. Como trato a mi hermano, me trato a mí. Cuando curo a un hermano enfermo gracias al respeto y el amor que le entrego, cuando demuestra ser incompentente en el aquí y el ahora, me curo a mi misma de mi propia incompetencia.

 

Aquí os dejo la bonita historia.

 

 

 

UNA SONRISA TRAS LA TAPIA


Visitando una leprosería en una isla del Pacífico me sorprendió que, entre
tantos rostros muertos y apagados, hubiera alguien que había conservado unos
ojos claros y luminosos que aún sabían sonreír y que siempre decía
«gracias» cuando le ofrecían algo.

Entre tantos «cadáveres» ambulantes, sólo aquel hombre se conservaba humano.
Cuando pregunté qué era lo que mantenía a este pobre leproso tan unido a la
vida, me dijeron que lo observara por las mañanas.
Y vi que, apenas amanecía, aquel hombre acudía al patio que rodeaba la
leprosería y se sentaba enfrente del alto muro de cemento que la rodeaba. Y
allí esperaba... esperaba... hasta que, a media mañana, tras el muro,
aparecía durante unos cuantos segundos otro rostro, una bella mujer que se
paraba al frente y le sonreía con una hermosa y amplia sonrisa. Entonces el
hombre respondía a esa sonrisa, sonriendo también.

Luego, la mujer desaparecía y el hombre, iluminado, tenía ya alimento para
seguir soportando una nueva jornada y para esperar a que, al día siguiente,
regresara el rostro sonriente.
Era su esposa. Cuando lo arrancaron de su pueblo y lo trasladaron a la
leprosería, la mujer lo siguió, y se instaló a vivir en el pueblo más
cercano a la leprosería. Y todos los días acudía para continuar expresándole
su amor. «Al verla cada día - me dijo el enfermo - sé que todavía vivo.»
Muchos viven gracias a tu sonrisa, a tus palabras, a tu esperanza, al cariño
que les puedas dar. No bajes los brazos. No dejes de sonreír y de tratar
bien a los demás.